Ahora, E y S, ustedes se suman a la aventura que en la infancia guía el canto de Felicitas, a quien sin eufemismos llamo nuestra sirvienta, cuando en la azotea descubre un valle distinto al que mis ocho años de edad revelan y construyen.
Las manos de la joven campesina se empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr del agua y llenan el aire de amabilidades, sugerencias, aromas que toman de cuanto su vuelo toca. Sólo quien asiste a la escena percibe cómo con ello la realidad alrededor se trastorna, despertando las sombras del vasto llano al pie de las montañas, para un paseo hacia rincones a los cuales mi imaginación no puede asomar y entonces son pura borrachera.
Casi medio siglo me tomó acercarme al misterio que intuía también en los viajes al puerto de mar donde papá nos llevaba. La carretera corría sobre el mero paisaje en el cual la Red de Agujeros convirtió a estas tierras de densa, milenaria historia, por los que yo buscaba ansiosamente con los ojos, gracias a propia Felicitas y sus iguales a cientos de miles; a la señora de los tamales en la esquina y la avalancha de albañiles, jardineros, trabajadores de las fábricas en torno nuestro. Buscaba sin sentido, pues la ruta aquélla se trazó sin hacer caso más que a las caravanas en pos de los productos traídos de fantásticos lugares al costado contrario del océano.
Tanto el misterio oculto a la carretera, que lo develaría después de conocer aquéllos reinos por los libros. De hecho no lo hago bien a bien sino ahora, con mi compadre, en el vado donde un camino interior tuerce.
Aguas Blancas se llama en paraje adonde llegamos y no habría razón para la presencia de tal número policías apostados entre la maleza y tras sus camionetas, de no ser el castigo ejemplar que se aplica a miembros de la Organización Campesina del Sur.
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El título del cuaderno tardó en recordar un poema escrito recién terminada la conquista de estos y otros pueblos por hombres que de la noche a la mañana surgieron de la nada impulsados por lo Demasiado humano: “Y nos dejaban por herencia una red de agujeros”(2).
Como saben, cuanto les dejo quiere formar una unidad y por sistema salta de tiempo, ahora para encontrar en otro cuaderno la perspectiva desde una ventana:
Contemplaba en las colonias alrededor el cada vez distinto éxito de generaciones de familias campesinas para apropiarse de aquella realidad nueva, convirtiéndola en un criadero de ceremonias de la fe, de los cuerpos, de las palabras: un culto de siglos renovado con los más disímiles recuerdos de otros y meras ocurrencias; formas de andar, de usar una banqueta, un poste o una barda para exhibir o encubrir retos y recatos; estados de ánimo, creencias, giros que buscaban una sintaxis propia y nombres que se tomaban prestados de esto para confundir o revelar aquello, o que quedaban volando a medio camino para invocar u ocultar a ambos de una sola pasada.
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En la vejez Agustín renguea por una pierna y la mitad de la dentadura se la llevaron los años. Hoy me mira fijo y, como siempre, no sé si más con el ojo que perdió el iris a los veinte años por un bicho de la empacadora de carne donde trabajaba.
Está acostumbrado al esfuerzo en traducir lo que anda por anda por mi revuelta cabeza, buscando en la revuelta suya. Necesitamos a Nabor de intérprete, entre nosotros y con ese campo por el cual avanzamos loma tras loma entre un alborozo de vida que se nos pierde en la aparente ausencia de humanidad.
El Sabio Analfabeta, como lo llamábamos, de seguro nos recordaría a los adelantados europeos en estos lugares, tomando por “desierto” cuanto hay entre una población y otra. En él estamos, pues, el compadre y yo incapaces siquiera de compartir la suerte con los hombres en el camión de redilas.
“-Nos espantamos, pero yo no creía que nos iban a matar -–contará luego uno de ellos. Y otros:
“-Sentí que nos estaban cazando....
“-...me tiré al suelo... Oía los quejidos de las personas que estaban matando...
“-Me sentí mal al ver como nos habían trozado aquí de la cintura al compañero.
“-Cuando estaba ahí debajo del camión, pues yo sentía algo caliente que me caía aquí arriba, así, pero yo no creía de que fuera sangre. Y cuando ya nos sacaron de ahí ya vi que había muchos más regados así, alrededor del camión y adentro también.” (1)
Las con justicia llamadas fuerzas del orden dan el tiro de gracia a los diecisiete caídos, y la cámara de video que llevan corta mientras recomponen el escenario: los machetes de los campesinos asesinados se retiran para colocar rifles y pistolas en sus manos o cerca de ellas.
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Costa Grande, llaman en el estado de Guerrero a la región donde estamos. Dos mil quinientos llevan poblándola los Yopes, en una historia que no para de transformarse, como todas, y desde luego incompresible sin muchos otros actores, empezando por los Me Phaa de la contigua Montaña donde la sierra termina de establecerse desde su nacimiento a unos cuantos kilómetros del océano Pacífico.
Traigo a mi compadre, antes obrero del Santo Lugar y hoy repartidor de agua purificada a unas cientos de miles de viviendas al suroriente de allí, para que acudamos a la trágica trampa a punto de suceder y yo suelte ideas de mi ronco pecho. Ideas sobre un proceso de dos siglos, que ahora sé son vagas.
Red de Agujeros, con frecuencia Casa del Horror, en la que vivimos los cuatro. No conocía el poema cuando niño tropezaba una y otra vez en la calle: “En los caminos/yacen dardos rotos,/los cabellos están esparcidos./Destechadas están las casas,/enrojecidos tienen sus muros.// Gusanos pululan por calles y plazas,/y en las paredes están salpicados los sesos./Rojas están las aguas, están como teñidas,/y cuando las bebimos,/es como si bebiéramos agua de salitre.//Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,/y era nuestra herencia una red de agujeros”.
No conocía el poema que tras la Conquista quedó en La visión de los vencidos, y me habría parecido hablar de algo distinto a cuanto estaba a la vista. Y el principio fue justo ése, el venirse el cielo abajo, el cosmos descoyuntado.
De sombras mi tierra, en la infancia y ahora, al venir de nuevo a su encuentro, donde más duele esta vez: sobre el camino arcilloso, entre la explosión de luz del trópico seco que sube la montaña, en 1994, y justo veinte años después, en las calles de Iguala.