viernes, 28 de agosto de 2015

Red de agujeros 1

Ahora, E y S, ustedes se suman a la aventura que en la infancia guía el canto de Felicitas, a quien sin eufemismos llamo nuestra sirvienta, cuando en la azotea descubre un valle distinto al que mis ocho años de edad revelan y construyen.
Las manos de la joven campesina se empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr del agua y llenan el aire de amabilidades, sugerencias, aromas que toman de cuanto su vuelo toca. Sólo quien asiste a la escena percibe cómo con ello la realidad alrededor se trastorna, despertando las sombras del vasto llano al pie de las montañas, para un paseo hacia rincones a los cuales mi imaginación no puede asomar y entonces son pura borrachera.
Casi medio siglo me tomó acercarme al misterio que intuía también en los viajes al puerto de mar donde papá nos llevaba. La carretera corría sobre el mero paisaje en el cual la Red de Agujeros convirtió a estas tierras de densa, milenaria historia, por los que yo buscaba ansiosamente con los ojos, gracias a propia Felicitas y sus iguales a cientos de miles; a la señora de los tamales en la esquina y la avalancha de albañiles, jardineros, trabajadores de las fábricas en torno nuestro. Buscaba sin sentido, pues la ruta aquélla se trazó sin hacer caso más que a las caravanas en pos de los productos traídos de fantásticos lugares al costado contrario del océano.
Tanto el misterio oculto a la carretera, que lo develaría después de conocer aquéllos reinos por los libros. De hecho no lo hago bien a bien sino ahora, con mi compadre, en el vado donde un camino interior tuerce.
Aguas Blancas se llama en paraje adonde llegamos y no habría razón para la presencia de tal número policías apostados entre la maleza y tras sus camionetas, de no ser el castigo ejemplar que se aplica a miembros de la Organización Campesina del Sur.
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El título del cuaderno tardó en recordar un poema escrito recién terminada la conquista de estos y otros pueblos por hombres que de la noche a la mañana surgieron de la nada impulsados por lo Demasiado humano: “Y nos dejaban por herencia una red de agujeros”(2).
Como saben, cuanto les dejo quiere formar una unidad y por sistema salta de tiempo, ahora para encontrar en otro cuaderno la perspectiva desde una ventana:
Contemplaba en las colonias alrededor el cada vez distinto éxito de generaciones de familias campesinas para apropiarse de aquella realidad nueva, convirtiéndola en un criadero de ceremonias de la fe, de los cuerpos, de las palabras: un culto de siglos renovado con los más disímiles recuerdos de otros y meras ocurrencias; formas de andar, de usar una banqueta, un poste o una barda para exhibir o encubrir retos y recatos; estados de ánimo, creencias, giros que buscaban una sintaxis propia y nombres que se tomaban prestados de esto para confundir o revelar aquello, o que quedaban volando a medio camino para invocar u ocultar a ambos de una sola pasada.
-0-
En la vejez Agustín renguea por una pierna y la mitad de la dentadura se la llevaron los años. Hoy me mira fijo y, como siempre, no sé si más con el ojo que perdió el iris a los veinte años por un bicho de la empacadora de carne donde trabajaba.
Está acostumbrado al esfuerzo en traducir lo que anda por anda por mi revuelta cabeza, buscando en la revuelta suya. Necesitamos a Nabor de intérprete, entre nosotros y con ese campo por el cual avanzamos loma tras loma entre un alborozo de vida que se nos pierde en la aparente ausencia de humanidad.
El Sabio Analfabeta, como lo llamábamos, de seguro nos recordaría a los adelantados europeos en estos lugares, tomando por “desierto” cuanto hay entre una población y otra. En él estamos, pues, el compadre y yo incapaces siquiera de compartir la suerte con los hombres en el camión de redilas.
“-Nos espantamos, pero yo no creía que nos iban a matar -–contará luego uno de ellos. Y otros:
“-Sentí que nos estaban cazando....
“-...me tiré al suelo... Oía los quejidos de las personas que estaban matando...
“-Me sentí mal al ver como nos habían trozado aquí de la cintura al compañero.
“-Cuando estaba ahí debajo del camión, pues yo sentía algo caliente que me caía aquí arriba, así, pero yo no creía de que fuera sangre. Y cuando ya nos sacaron de ahí ya vi que había muchos más regados así, alrededor del camión y adentro también.” (1)
Las con justicia llamadas fuerzas del orden dan el tiro de gracia a los diecisiete caídos, y la cámara de video que llevan corta mientras recomponen el escenario: los machetes de los campesinos asesinados se retiran para colocar rifles y pistolas en sus manos o cerca de ellas.
-0-
Costa Grande, llaman en el estado de Guerrero a la región donde estamos. Dos mil quinientos llevan poblándola los Yopes, en una historia que no para de transformarse, como todas, y desde luego  incompresible sin muchos otros actores, empezando por los Me Phaa de la contigua Montaña donde la sierra termina de establecerse desde su nacimiento a unos cuantos kilómetros del océano Pacífico.
Traigo a mi compadre, antes obrero del Santo Lugar y hoy repartidor de agua purificada a unas cientos de miles de viviendas al suroriente de allí, para que acudamos a la trágica trampa a punto de suceder y yo suelte ideas de mi ronco pecho. Ideas sobre un proceso de dos siglos, que ahora sé son vagas.
Red de Agujeros, con frecuencia Casa del Horror, en la que vivimos los cuatro. No conocía el poema cuando niño tropezaba una y otra vez en la calle: “En los caminos/yacen dardos rotos,/los cabellos están esparcidos./Destechadas están las casas,/enrojecidos tienen sus muros.// Gusanos pululan por calles y plazas,/y en las paredes están salpicados los sesos./Rojas están las aguas, están como teñidas,/y cuando las bebimos,/es como si bebiéramos agua de salitre.//Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,/y era nuestra herencia una red de agujeros”.
No conocía el poema que tras la Conquista quedó en La visión de los vencidos, y me habría parecido hablar de algo distinto a cuanto estaba a la vista. Y el principio fue justo ése, el venirse el cielo abajo, el cosmos descoyuntado.
De sombras mi tierra, en la infancia y ahora, al venir de nuevo a su encuentro, donde más duele esta vez: sobre el camino arcilloso, entre la explosión de luz del trópico seco que sube la montaña, en 1994, y justo veinte años después, en las calles de Iguala. 

martes, 16 de junio de 2015

Red de agujeros

1
Como el desposeído que era me agarré a la Suave patria para acuchillarla luego, nietos. No por eso dejó de existir a los ojos de quienes la imponían, claro, y hoy estas tierras vuelven a la vocación previa. 
Accidentalmente sus extremos se encuentran en los lugares donde inicia este cuaderno:
A pie por el camino mi compadre Agustín y yo no nos cansamos de dar gracias a la fragancia de la hierba alta, jugosa, en la que pareciera no caber un tallo más, y a sus verdes suaves por el sol, siempre padre y aquí en un papel distinto a los muchos que decidió y no hacer en nuestro gigantón urbano. Padre sol y madre tierra, sabemos ahora, envueltos por ella y su prodigalidad. ¿O los géneros deben intercambiarse entre ellos, pienso recordando una milenaria leyenda de las naciones muy al norte de estos lugares, donde la luna, por ejemplo, era un celoso amante en tea?
Deberíamos preguntar a los campesinos y campesinas que rinden el diario culto a las prodigiosas matas alrededor, divinos regalos entregados casi cinco siglos atrás a sus conquistadores, y se nos hurtan a la mirada por sus ocupaciones o deliberadamente, como el pueblo sombra que se me descubrió una mañana en una colonia de posesionarios y luego gracias al abuelo.
Todo enamora a nuestros ojos de ciudad: el contraste entre la vegetación y el rabiar azul del cielo, la franja arcillosa que serpentea frente a nosotros, el apenas perceptible reptar o trepar de pequeñísimos seres y esa terca soledad aparente que a lo repentino se viene abajo.
“-¡Bájense todos, hijos de la chingada!" –grita a los ochenta hombres en un camión de redilas “un señor grandote” que carga “un radio” -Bótense al suelo porque se van a morir.”
Ya está: el compadre y yo llegamos al momento que nos trajo hasta aquí en la manifestación material a través de la que la Corte de Medianoche asiste a los viajes convenidos.
Ahora, E y S, ustedes se suman a la aventura que en la infancia guía el canto de Felicitas, a quien sin eufemismos llamo nuestra sirvienta, cuando en la azotea descubre un valle distinto al que mis ocho años de edad revelan y construyen.
Las manos de la joven campesina se empeñan ágiles y sin pesares contra la piedra del lavadero y el correr del agua y llenan el aire de amabilidades, sugerencias, aromas que toman de cuanto su vuelo toca. Sólo quien asiste a la escena percibe cómo con ello la realidad alrededor se trastorna, despertando las sombras del vasto llano al pie de las montañas, para un paseo hacia rincones a los cuales mi imaginación no puede asomar y entonces son pura borrachera.
Casi medio siglo me tomó acercarme al misterio que intuía también en los viajes al puerto de mar donde papá nos llevaba. La carretera corría sobre el mero paisaje en el cual la Red de Agujeros convirtió a estas tierras de densa, milenaria historia, por los que yo buscaba ansiosamente con los ojos, gracias a propia Felicitas y sus iguales a cientos de miles; a la señora de los tamales en la esquina y la avalancha de albañiles, jardineros, trabajadores de las fábricas en torno nuestro. Buscaba sin sentido, pues la ruta aquélla se trazó sin hacer caso más que a las caravanas en pos de los productos traídos de fantásticos lugares al costado contrario del océano.
Tanto el misterio oculto a la carretera, que lo develaría después de conocer aquéllos reinos por los libros. De hecho no lo hago bien a bien sino ahora, con mi compadre, en el vado donde un camino interior tuerce.
Aguas Blancas se llama en paraje adonde llegamos y no habría razón para la presencia de tal número policías apostados entre la maleza y tras sus camionetas, de no ser el castigo ejemplar que se aplica a miembros de la Organización Campesina del Sur.
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El título del cuaderno tardó en recordar un poema escrito recién terminada la conquista de estos y otros pueblos por hombres que de la noche a la mañana surgieron de la nada impulsados por lo Demasiado humano: “Y nos dejaban por herencia una red de agujeros”(2).
Como saben, cuanto les dejo quiere formar una unidad y por sistema salta de tiempo, ahora para encontrar en otro cuaderno la perspectiva desde una ventana:
Contemplaba en las colonias alrededor el cada vez distinto éxito de generaciones de familias campesinas para apropiarse de aquella realidad nueva, convirtiéndola en un criadero de ceremonias de la fe, de los cuerpos, de las palabras: un culto de siglos renovado con los más disímiles recuerdos de otros y meras ocurrencias; formas de andar, de usar una banqueta, un poste o una barda para exhibir o encubrir retos y recatos; estados de ánimo, creencias, giros que buscaban una sintaxis propia y nombres que se tomaban prestados de esto para confundir o revelar aquello, o que quedaban volando a medio camino para invocar u ocultar a ambos de una sola pasada.
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En la vejez Agustín renguea por una pierna y la mitad de la dentadura se la llevaron los años. Hoy me mira fijo y, como siempre, no sé si más con el ojo que perdió el iris a los veinte años por un bicho de la empacadora de carne donde trabajaba.
Está acostumbrado al esfuerzo en traducir lo que anda por anda por mi revuelta cabeza, buscando en la revuelta suya. Necesitamos a Nabor de intérprete, entre nosotros y con ese campo por el cual avanzamos loma tras loma entre un alborozo de vida que se nos pierde en la aparente ausencia de humanidad.
El Sabio Analfabeta, como lo llamábamos, de seguro nos recordaría a los adelantados europeos en estos lugares, tomando por “desierto” cuanto hay entre una población y otra. En él estamos, pues, el compadre y yo incapaces siquiera de compartir la suerte con los hombres en el camión de redilas.
“-Nos espantamos, pero yo no creía que nos iban a matar -–contará luego uno de ellos. Y otros:
“-Sentí que nos estaban cazando....
“-...me tiré al suelo... Oía los quejidos de las personas que estaban matando...
“-Me sentí mal al ver como nos habían trozado aquí de la cintura al compañero.
“-Cuando estaba ahí debajo del camión, pues yo sentía algo caliente que me caía aquí arriba, así, pero yo no creía de que fuera sangre. Y cuando ya nos sacaron de ahí ya vi que había muchos más regados así, alrededor del camión y adentro también.” (1)
Las con justicia llamadas fuerzas del orden dan el tiro de gracia a los diecisiete caídos, y la cámara de video que llevan corta mientras recomponen el escenario: los machetes de los campesinos asesinados se retiran para colocar rifles y pistolas en sus manos o cerca de ellas.
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Costa Grande, llaman en el estado de Guerrero a la región donde estamos. Siglos llevan poblándola los naa savi, que se extienden más allá del mapa modificando costumbres y hasta formas lingüísticas. Traigo a mi compadre, antes obrero del Santo Lugar y hoy repartidor de agua purificada a unas cientos de miles de viviendas al suroriente de allí, para que acudamos a la trágica trampa a punto de suceder y yo suelte ideas de mi ronco pecho. Ideas sobre un proceso de dos siglos, que ahora sé son vagas.
Red de Agujeros, con frecuencia Casa del Horror, en la que vivimos los cuatro. No conocía el poema cuando niño tropezaba una y otra vez en la calle: “En los caminos/yacen dardos rotos,/los cabellos están esparcidos./Destechadas están las casas,/enrojecidos tienen sus muros.// Gusanos pululan por calles y plazas,/y en las paredes están salpicados los sesos./Rojas están las aguas, están como teñidas,/y cuando las bebimos,/es como si bebiéramos agua de salitre.//Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,/y era nuestra herencia una red de agujeros”.
No conocía el poema que tras la Conquista quedó en La visión de los vencidos, y me habría parecido hablar de algo distinto a cuanto estaba a la vista. Y el principio fue justo ése, el venirse el cielo abajo, el cosmos descoyuntado.
De sombras mi tierra, en la infancia y ahora, al venir de nuevo a su encuentro, donde más duele esta vez: sobre el camino arcilloso, entre la explosión de luz del trópico seco que sube la montaña, en 1994, y justo veinte años después, en las calles de Iguala. 
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El cielo se cayó a pedazos, dicen quienes lo atestiguaron, ya vimos. Hoy lo parten de nuevo. 
Tras una multiplicación simplista y sin posibilidad de comprobarlo, cien millones de mujeres y hombres se perdieron en aquel siglo, y así parece poco el medio millón de asesinatos y desapariciones desde que ustedes nacieron, S y E.
Entre unos y otros la Suave patria es un proceso tardío y si conozco sus orígenes cerca de donde los diecisiete campesinos cayeron, debemos hacer un más o menos corto, arduo camino hacia el norte, a la cola de un pequeño ejército informal que lleva diez años batiéndose contra los malditos. Lo hacemos para encontrar a un maldito sin piel de oveja, así a la historia se lo parezca de momento. 
Quizá no hay casualidades, pues la reunión es en el casco de la ciudad cuyas calles contempla enfebrecido el personaje que en Desde la azotea mis delirios confunden con un segundo de casi cuatro décadas atrás, demonio personal.
Llamemos por su nombre a la población, Iguala, luego con apellido tan ventajoso como el de la anterior: De los libres
No soy dado a los héroes patrios, Ohsis, y en este caso hago la salvedad, salvedades aparte, desde luego. La guerrilla que seguimos estaba en la desembocadura del gran río que permiten estas partes. Precipitado, a la manera de todos en no importa el nombre que demos a los millones de kilómetros cuadrados donde vivimos, la tropa anduvo por sus bordes y dejó atrás las montañas en cuyas estribaciones está Aguas Blancas. 
Sólo los lugareños y los rebeldes saben moverse entre tales quebraduras y a eso se debe que la autoridad fracase con ellos. No suelto la lengua, E y S, pues me falta casi todo en esta historia, fuera de la trama central.
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Un mapa, pide alguien para seguir esta serie de historias. No podemos, nietos, si se trata con el todo. Tengo a la vista el que dibujaban hasta hace siglo y medio, cuando la mitad desapareció, y junto, las palabras de quien entonces quizás mejor conocía la cuestión: “no hay ni ha podido haber eso que se llama espíritu nacional, porque no hay nación”.
Y cómo plasmar gráficamente una Red de agujeros en la cual otro cuaderno nuestro dice: A su mitad la calle se desploma, ¿ves? ¿Y aquel hombre cuyos pasos no dejan huella ya que pisan bajo el suelo? ¿No sientes ese temblor perpetuo?, ¿nuestro nadar sobre la tierra?
El mapa sirve y mucho si es de las regiones donde nos concentramos por ahora.
Prometo cambiar el mapa
Desde un avión la vista recoge sólo sierras con innumerables quebradas, en todo el territorio. Una ancha bordea la costa y hace nudos con derivaciones de un intrincado cúmulo que nace más allá. Para Agustín y para mí, venidos de la altiplanicie como ustedes, pasma no encontrar respiro llano sino en pequeños valles. 
La masacre que en 1994 presenciamos tenía como escenario un paraje cercano a Atoyac, sobre la Costa Grande, ¿ven? El año ahora es 1818 y estamos al noreste, por los rumbos de Taxco, no sé bien el punto exacto, que sin duda son varios y muy bien acostumbrados al paso de gavillas, pequeños y grandes ejércitos, asaltos a caballo, machetes blandiéndose, cañonazos, hombres que buscan refugio y lo encuentran, y rumores, promesas, miedos, noticias.
Hace casi ocho años inició la guerra de independencia, hoy próxima a culminar con la derrota insurgente, según cree el enorme poder acumulado en tres siglos y la población casi por entero. 
Hay genuina épica en el momento, nietos, dice el yo tan receloso de celebrar la historia patria. La hay aunque no calculo cuánto le sirve a quienes son nuestro sujeto y objeto: las mayorías.
Que el escritor no escoge al personaje, sino al revés, dicen. No sé pero en nuestro caso fue así y andando por la intendencia del Sur nos convoca el país milenario, cuyos meollos desde la Conquista se encuentran en tierras de difícil acceso, muchas veces serranos. 
“Apenas hay paisaje virgen en México –dice un antropólogo-. Siempre se encuentran los rastros del quehacer humano, de su antiguo transitar por estas tierras. En todas partes, una vegetación largamente transformada por la mano y la inteligencia del hombre, un paisaje muchas veces inventado. Aquí, toda la geografía tiene nombre. Y lo que tiene nombre, tiene significado.”(1)
México, menudo nombre. Bueno, de momento olvidémonos los títulos para ir a la cuestión: lo remontado. En 1818 los pueblos originarios de estas tierras y todas alrededor suyo, siembran en valles y cerros, pues saben cómo aprovechar las pendientes y sus cultivos son a modo para ello.
¿Qué es vivir aquí? Depende quienes. Permítanme dar un salto a marzo de 1842, a la Montaña que los me’e phaa habitan hace mucho también.
"...el dueño de la hacienda de San Sebastián Buenavista, Rafael Gutiérrez Martínez, médico de origen español y residente en la villa de Chilapa, mandó llevar a su presencia a dos campesinos del pueblo de Quechultenango, colindante con su hacienda, para exigirles el pago de ocho cargas de maíz que le debían por las tierras que les arrendaba. Al presentarse uno de los dos hombres requeridos, el dueño, quien tenía fama de ser "bastante impetuoso, [y] a veces grosero e insultante", le propinó una paliza. Al enterarse de lo sucedido, el segundo hombre convocado, de nombre Juan Santiago, decidió no presentarse ante el hacendado. En represalia, éste le mandó quemar una troje vacía; asimismo, envió a su administrador, Gabriel de la Torre, quien además fungía como juez de paz de Quechultenango, para que, acompañado de quince hombres armados, le arrebatase el maíz adeudado. Juan Santiago fue advertido con anticipación sobre los propósitos de Gutiérrez Martínez, por lo que tomó providencias para defenderse. Apoyado por otros tres o cuatro indígenas se parapetó en una colina desde la cual intercambió disparos con la gente del hacendado evitando que se llevaran el maíz.
"Dos días después, el 19 de marzo, por alguna minucia, Gutiérrez Martínez mandó azotar a un muchacho del pueblo. En respuesta, la enardecida población asesinó durante la noche al hacendado, a su administrador y a un hermano de éste. Cuando se supo lo ocurrido, el gobierno nacional ordenó al comandante general del Sur, general Nicolás Bravo, que castigara a los responsables de los asesinatos. De inmediato fueron aprehendidos algunos de los indios que habían participado en los actos violentos, pero esta medida propició una rebelión más generalizada no sólo de los indios de Quechultenango, sino también de otros pueblos, de tal manera que en el mes de abril había unos mil indígenas levantados en armas. En la persecución de los rebeldes participó no sólo el ejército sino también otros hacendados del distrito de Chilapa, de tal forma que el conflicto se convirtió, pues, en una confrontación entre los hacendados y las localidades indias."
Fue el preludio de una serie de rebeliones. 
 dirigidas por Miguel Casarrubias indígenas que duraron cuatro años de manera intermitente, durante las cuales murieron cientos de personas y decenas de mujeres fueron violadas; asimismo, se saquearon y quemaron varias haciendas y pueblos.

  

, como se llaman  
 el dueño de la hacienda de San Sebastián Buenavista, Rafael Gutiérrez Martínez, médico de origen español y residente en la villa de Chilapa, mandó llevar a su presencia a dos campesinos del pueblo de Quechultenango, colindante con su hacienda, para exigirles el pago de ocho cargas de maíz que le debían por las tierras que les arrendaba. Al presentarse uno de los dos hombres requeridos, el dueño, quien tenía fama de ser "bastante impetuoso, [y] a veces grosero e insultante", le propinó una paliza. Al enterarse de lo sucedido, el segundo hombre convocado, de nombre Juan Santiago, decidió no presentarse ante el hacendado. En represalia, éste le mandó quemar una troje vacía; asimismo, envió a su administrador, Gabriel de la Torre, quien además fungía como juez de paz de Quechultenango, para que, acompañado de quince hombres armados, le arrebatase el maíz adeudado. Juan Santiago fue advertido con anticipación sobre los propósitos de Gutiérrez Martínez, por lo que tomó providencias para defenderse. Apoyado por otros tres o cuatro indígenas se parapetó en una colina desde la cual intercambió disparos con la gente del hacendado evitando que se llevaran el maíz.[ 2 ]
Dos días después, el 19 de marzo, por alguna minucia, Gutiérrez Martínez mandó azotar a un muchacho del pueblo. En respuesta, la enardecida población asesinó durante la noche al hacendado, a su administrador y a un hermano de éste. Cuando se supo lo ocurrido, el gobierno nacional ordenó al comandante general del Sur, general Nicolás Bravo, que castigara a los responsables de los asesinatos. De inmediato fueron aprehendidos algunos de los indios que habían participado en los actos violentos, pero esta medida propició una rebelión más generalizada no sólo de los indios de Quechultenango,[ 3 sino también de otros pueblos, de tal manera que en el mes de abril había unos mil indígenas levantados en armas. En la persecución de los rebeldes participó no sólo el ejército sino también otros hacendados del distrito de Chilapa, de tal forma que el conflicto se convirtió, pues, en una confrontación entre los hacendados y las localidades indias.[ 4 ]
Esta lucha violenta fue sólo el preludio de una serie de rebeliones indígenas que duraron cuatro años de manera intermitente, durante las cuales murieron cientos de personas y decenas de mujeres fueron violadas; asimismo, se saquearon y quemaron varias haciendas y pueblos. 


A cambio sé que éstas, sus comunidades, pasaron las de Caín por apoyar a los insurrectos y en el nuevo llamado continuarán cobijándolos y aportándoles hombres para combatir. ¿En todas las comarcas?, ¿porque comparten ideas, muchas o pocas?, ¿por mero destino común?     
Si el porcentaje corresponde al de otras zonas, en el total del mapa la mayoría de los habitantes está formada por indígenas de cuatro lenguas, y el grueso no habla castellano. Sobresalen los caseríos con menos de cien almas y las ciudades o villas grandes no llegan a media docena. Es así por fortuna, pues de esa manera mejor guardan su identidad y se defienden, creo. 
Dentro de unos años estallarán continuas revueltas comunitarias, en especial hacia La Montaña, al extremo oriente, hogar nativo de los me’e phaa. ¿Cuánto participan éstos en las acciones que nos traen a 1818? ¿Y cuánto los naa savi, pobladores también de esa área y de otras dentro y fuera en el mapa, con sus muchas variedades dialectales, y los nahuas repartidos aquí y allá, y los amuzgos, dominantes en el sureste? ¿Hasta qué grado se han amestizado como conjunto, con la negritud, por ejemplo, concentrada en la Costa Chica, donde el litoral tuerce, observan?
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Que el escritor no escoge al personaje, sino al revés, dicen. No sé pero en nuestro caso fue así y andando por la intendencia del Sur nos convoca el país milenario, cuyos meollos desde la Conquista se encuentran en tierras de difícil acceso, muchas veces serranos. 
“Apenas hay paisaje virgen en México –dice un antropólogo-. Siempre se encuentran los rastros del quehacer humano, de su antiguo transitar por estas tierras. En todas partes, una vegetación largamente transformada por la mano y la inteligencia del hombre, un paisaje muchas veces inventado. Aquí, toda la geografía tiene nombre. Y lo que tiene nombre, tiene significado.”(1)
México, menudo nombre. Bueno, de momento olvidémonos los títulos para ir a la cuestión: lo remontado. En 1818 los pueblos originarios de estas tierras y todas alrededor suyo, siembran en valles y cerros, pues saben cómo aprovechar las pendientes y sus cultivos son a modo para ello.
¿Qué es vivir aquí, así? De nuevo mi ignorancia, nietos, y para combatirla siquiera un poco voy a la costa contraria.
El viajero que se arriesga anda por el Veracruz grande, indígena y rural. Si va al norte encuentra caseríos totonacas semiextraviados entre vastas, ricas propiedades nacionales y extranjeras, hasta topar con Papantla, “la aldea india (que) apenas si tiene un habitante blanco, de exceptuar al cura y unos cuantos comerciantes”, sin decidirse a avanzar las dos leguas por las cuales se sube a la Huasteca. Si se atreviera hallaría una población indígena relativamente vasta, de lengua perteneciente al tronco maya y por ello rodeada de cierto misterio.
Un segundo viajero penetra el centro del estado hacia el Pico de Orizaba, yendo un asentamiento tras otro, y certifica la variedad de costumbres y hablas nativas. Y muy arriba, donde la presencia humana debiera agotarse casi por entero, halla un poblado, San Juan, sólo un poco menos denso que él magno puerto veracruzano.
Un tercero busca hacia el sur por encima de las costas mulatas, viendo caseríos dispersos, una buena cantidad de ellos popolucas o tenidos por tal, y otros de orígenes étnicos diversos que volvieron suyo el nahuatl, la lengua del imperio mexica cuyo avance propició la Colonia.
En buena cantidad de casos los modernos exploradores no pueden hacerse entender en absoluto, por mucho que dominen el castellano, y en los demás conversan con la pequeña porción de hombres, y sólo excepcionalmente mujeres, que conocen de aquél sólo lo indispensable para el trato comercial con el exterior, en moneda cuando lo hay, y para la defensa de los títulos en los cuales las autoridades novohispanas reconocieron su derecho a tierras, aguas y bosques.
Y es que a trescientos años de la conquista material y espiritual, de los cerca de 475 mil habitantes registrados en la entidad unos 375 mil se clasifican como indios. El promedio “nacional” de indígenas es menor, sesenta por ciento, y según todo indica más de la mitad de él no entiende el español y tal vez otro veinticinco o treinta por ciento experimenta el dispar, complejo proceso de decidir cuánto toman de este idioma oficial de la república para las esferas de la vida pública, reservando las privadas, las religiosas y de la administración tradicional a una de su centenar y medio de lenguas y dialectos.
A tales paseantes que no se conforman con el camino trillado, les lleva quince, veinte o más días recorrer treinta o cuarenta kilómetros a lomo de animal y a pie. Por el contrario, quienes cubren en diligencia los trescientos del puerto a la ciudad de México, a buen paso gastan una semana, a pesar de las escabrosas serranías de entremedio.
Ahí paro la distracción, nietos, sin que avanzáramos mayormente en el conocimiento. No me regañen, mi Red de agujeros, una entre muchas posibles, es urbana y playera, y por eso continúan emborrachándome con su mera sugerencia lugares como los que ahora entrevemos. 
Un amigo escribió: "todos a una, los sectores propietarios hacen causa común contra España afiliándose a la lucha independentista.
"Los primeros alzamientos insurgentes de la zona, que ocurren a fines de 1810 y cuentan con importante participación indígena, son rápidamente sofocados. Con mejor fortuna corre José María Morelos, enviado por Miguel Hidalgo a levantar tropas en la región del sur. En su recorrido por la cuenca del río Balsas, el cura de Carácuaro recluta a muchos de los futuros prohombres de la independencia: en Tecpan se le suman Juan José, Antonio y Hermenegildo Galeana; en Coyuca, Juan ; y poco después, en Tixtla, Vicente Guerrero y Nicolás Catalán. Todos ellos son patriotas a carta cabal, pero también gente de razón y de no poca fortuna. Los Galeana poseen cinco haciendas: Zanjón, Ixtapa, Coyuca, Obispo y Coyuquilla;  es dueño de La Providencia y los Bravo, de Chichihualco.
"Estos hacendados nacionalistas se juegan en el albur de la insurgencia tanto el pellejo como la propiedad. Por la causa independentista arriesgan dinero, pertrechos, armas y monturas. Aportan también a su peonada: africanos, naturales y mestizos que a una orden del patriótico amo transitan de la condición de mano de obra a la de carne de cañón. Los negros y pintos de Galeana acompañan a Tata Gildo a la batalla como antes lo seguían a la pizca y a la zafra. Los ejércitos insurgentes reclutados en esta región no son, pues, voluntarios sino forzados; acasillados que pelean en guerra ajena como de ordinario trabajan por cuenta del patrón en tierras que no les pertenecen."(2)
No quiero tirarles discursos, míos o de otros, y a veces es necesario. El que acabamos de escuchar no lo hizo cualquiera y contradice abiertamente a la Suave patria y la izquierda -término éste cuya sepultura deberíamos cavar de una buena vez- en su mayoría. 
Estamos en 1818, les recuerdo, por las serranías cercanas a Taxco, con un hombre a quien no sé ya cuánto respetar: el Vicente Guerrero incluido entre los propietarios insurgentes que según nuestro amigo mueve a los pueblos como peonada. 
De otros lo creo, de él dudo, al menos hasta cierto punto. Las comunidades han sufrido mucho la guerra y parecen tener siquiera un cierto respeto por este hombre.
Estamos en un brete.      





1. Guillermo Bonfil. México profundo.
2. Armando Bartra. Guerrero Bronco. Brigada Para Leer en Libertad. Descargable en PDF.
   


      
    

    
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